Esta historia es corta, de desamor y perfecta para los dramaticos y que no sufren mucho por lo que les pase a los personajes. Cada cierto tiempo iré poniendo mi opinión y lo que entendí sobre cada capitulo.
Capitulo 1:
En este capitulo se habla de la soledad del personaje-que llega a tal punto que habla con las casas- en estas últimas semanas de junio donde todos festejan por las Noches Blancas en la antigua capital Rusa(Vease http://es.wikipedia.org/wiki/Noches_blancas_(fen%C3%B3meno) ). Este capitulo te llena de trizteza pero absorbe toda tu atencion y te encierra en su propio mundo de la antigua Rusia.
Era
una noche maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo
existen ennuestros
años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no
podía
uno
menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir
tanta
gente
atrabiliaria y caprichosa? Ésta, amable lector, es también una pregunta de los
años
mozos,
muy de los años mozos, pero Dios quiera que te la hagas a menudo. Hablando de
gente
atrabiliaria y por varios motivos caprichosa, debo recordar mi buena conducta
durante
todo ese día. Ya desde la mañana me atormentaba una extraña melancolía. Me
pareció
de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo que todos
me
rehuían. Claro que tienes derecho a preguntar: ¿y quiénes son esos «todos»?
Porque
hace
ya ocho años que vivo en Petersburgo y no he podido trabar conocimiento con
nadie.
¿Pero qué falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a mí todo
Petersburgo
me es conocido. He aquí por qué me pareció que todos me abandonaban
cuando
Petersburgo entero se levantó y salió acto seguido para el campo. Fue horrible
quedarme
solo. Durante tres días enteros recorrí la ciudad dominado por una profunda
angustia,
sin darme clara cuenta de lo que me pasaba. Fui a la perspectiva Nevski, fui a
los
jardines, me paseé por los muelles; pues bien, no vi ni una sola de las
personas que
solía
encontrar durante el año en tal o cual lugar, a esta o aquella hora. Esas
personas, por
supuesto,
no me conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las conozco a fondo, casi
me
he aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando las veo alegres y me
entristezco
cuando
las veo tristes. Estuve a punto de trabar amistad con un anciano a quien
encontraba
todos los días a la misma hora en la Fontanka. ¡Qué rostro tan impresionante,
tan
pensativo, el suyo! Caminaba murmurando continuamente y accionando con la mano
izquierda,
mientras que en la derecha blandía un bastón nudoso con puño de oro. Él
también
se percató de mí y me miraba con vivo interés. Estoy seguro de que se ponía
triste
si por ventura yo no pasaba a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. He
ahí
por
qué algunas veces estuvimos a punto de saludarnos, sobre todo cuando estábamos
de
buen
humor. No hace mucho, cuando nos encontramos al cabo de tres días de no vernos,
casi
nos llevamos la mano al sombrero, pero afortunadamente nos dimos cuenta a
tiempo,
bajamos
el brazo y pasamos uno junto a otro con un gesto de simpatía. También las casas
me
son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale al
encuentro,
me mira con todas sus ventanas y casi me dice: «¡Hola! ¿Qué tal? Yo, gracias
a
Dios, voy bien, y en mayo me añaden un piso. » O bien: «¿ Cómo va esa salud? A
mí
mañana
me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y me llevé un buen
susto.»
Y así por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas. Una
de
ellas
tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano con un arquitecto. Iré
de
propósito
a verla todos los días para que no la curen al buen tuntún. ¡Dios la proteja!
Nunca
olvidaré lo que me pasó con una casita preciosa pintada de rosa claro. Era una
casita
adorable, de piedra, y me miraba de un modo tan afable y observaba con tanto
orgullo
a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se henchía de gozo cuando pasaba ante
ella.
Pero de repente, la semana pasada, cuando bajaba por la calle y eché una mirada
a
mi
amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a pintar de amarillo!» ¡Malvados,
bárbaros! No
han
perdonado nada, ni siquiera las columnas o las cornisas; y mi amiga se ha
puesto
amarilla
como un canario. A mí casi me dio un ataque de ictericia con ese motivo. Y ésta
es
la hora en que no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desecrada,
teñida del
color
nacional del Imperio Celeste.
Así,
pues, lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo.
Ya
he dicho que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud hasta
que
por
fin averigüé su causa. En la calle no me sentía bien -éste ya no está aquí, ni
este otro;
y
¿adónde habrá ido aquel otro?-, ni tampoco en casa. Durante dos noches seguidas
hice
un
esfuerzo: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿por qué me es tan molesto
permanecer
en
él? Miraba perplejo las paredes verdes y mugrientas, el techo cubierto de
telarañas que
con
gran éxito cultivaba Matryona; volvía a examinar todo mi mobiliario, a
inspeccionar
cada
silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que una
sola
de
mis sillas no esté en el mismo sitio que ayer para que ya no me sienta bien),
miré por
la
ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y
reprenderla
paternalmente por lo de las telarañas y, en general, por la falta de limpieza,
pero
ella se limitó a mirarme con asombro y me volvió la espalda sin decir palabra;
así,
pues,
las telarañas siguen todavía felizmente en su sitio. Por fin esta mañana logre
averiguar
de
qué se trataba. Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para
el
campo.
Pido perdón por la frase vulgar, pero es que ahora no estoy para expresarme en
estilo
elevado .... porque, así como suena, todo lo que encierra Petersburgo se iba a
pie o
en
vehículo al campo. Todo caballero de digno y próspero aspecto que tomaba un
coche
de
alquiler se convertía al punto en mis ojos en un honrado padre de familia que,
después
de
las consabidas labores de su cargo, se dirigía desembarazado de equipaje al
seno de su
familia
en una casa de campo. Cada transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si
quisiera
decir a sus congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro
de
un
par de horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el
teclear de
unos
dedos finos y blancos como el azúcar, y asomaba la cabeza de una muchacha
bonita
que
llamaba al vendedor ambulante de flores; al punto me figuraba yo que estas
flores se
compraban,
no para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una
habitación
ciudadana,
sino porque todos se iban pronto al campo y querían llevarse las flores
consigo.
Pero hay más, y es que había adquirido ya tal destreza en este nuevo e insólito
género
de descubrimientos que podía, sin equivocarme, guiado sólo por el aspecto
físico,
determinar
en qué tipo de casa de campo vivía cada cual. Los que las tenían en las islas
Kamenny
y Aptekarski o en el camino de Peterhof, se distinguían por la estudiada
elegancia
de sus modales, por su atildada indumentaria veraniega y por los soberbios
carruajes
en que venían a la ciudad. Los que las tenían en Pargolov, o aún más lejos,
impresionaban
desde el primer momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla
Krestovski
destacaban por su continente invariable mente alegre. Sucedía que tropezaba a
veces
con una larga hilera de carreteros que con las riendas en la mano caminaban
perezosamente
junto a sus carromatos, cargados de verdaderas montañas de muebles de
toda
laya; mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros enseres domésticos; y
encima
de
todo ello, en la cumbre misma de la montaña, iba a menudo sentada una macilenta
cocinera,
protectora de la hacienda de sus señores como si fuera oro en paño. O veía
pasar,
cargadas hasta los topes de utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por
el
Neva
o la Fontanka hasta a río Chorny o las islas. Los carros y las barcas se
multiplicaban
por
diez o por ciento a mis ojos. Parecía que todo se levantaba y se iba, que todo
se
trasladaba
al campo en caravanas enteras, que Petersburgo amenazaba con quedarse
desierto
-y llegué al punto de tener vergüenza, de sentirme ofendido y triste. Yo no
tenía
adónde
ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispuesto a irme con cualquier
carromato,
con
cualquier caballero de aspecto respetable que alquilara un coche de punto.
Nadie, sin
embargo,
absolutamente nadie me invitaba. Era como si se hubieran olvidado de mí,
como
si efectivamente fuera un extraño para todos.
Anduve
mucho, largo tiempo, hasta que, como me ocurre a menudo, perdí la noción de
dónde
estaba, y cuando volví en mi acuerdo me hallé a las puertas de la ciudad. De
pronto
me sentí contento, rebasé el puesto de peaje y me adentré por los sembrados y
praderas
sin parar mientes en el cansancio, sintiendo sólo con todo mi cuerpo que se me
quitaba
un peso del alma. Los transeúntes me miraban con tanta afabilidad que se diría
que
les faltaba poco para saludar me. No sé por qué todos estaban alegres, y todos,
sin
excepción,
iban fumando cigarros. También yo estaba alegre, alegre como hasta entonces
nunca
lo había estado. Era como si de pronto me encontrase en Italia -tanto me
afectaba
la
naturaleza, a mí, hombre de ciudad, medio enfermo, que casi comenzaba a
asfixiarme
entre
los muros urbanos.
Hay
algo inefablemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a la
llegada
de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas de que
el
cielo
la ha dotado, cuando gallardea, se engalana y se tiñe con los mil matices de
las
flores.
Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a veces se
mira
con lástima, a veces con una especie de afecto compasivo, y a veces,
sencillamente,
no
se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sin que
se sepa
cómo,
se convierten en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado,
cautivado,
se
pregunta sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tristes
y
pensativos?,
¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?, ¿qué ha
regado
de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese pecho?, ¿qué ha
traído
de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre muchacha?, ¿qué la ha
hecho
iluminarse
con tal sonrisa, animarse con esa risa cegadora y chispeante? Mira uno en
torno
suyo buscando a alguien, sospechando algo. Pero pasa ese momento y quizás al
día
siguiente
encuentra uno la misma mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro
pálido,
la misma humildad y timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento,
rastros
de cierta torva melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento.
Y
le
apena a uno que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida
e
irrevocable,
que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena el que ni
siquiera
hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella...
Mi
noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó:
Regresé
a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi
camino
me llevaba por el muelle del canal, en el que a esa hora no encontré alma
viviente,
aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la ciudad. Iba
cantando
porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como
cualquier
hombre feliz que carece de amigos o de buenos conocidos y que, cuando llega
un
momento alegre, no tiene con quien compartir su alegría. De repente me sucedió
la
aventura
mas inesperada.
A
unos pasos de mí, de codos en la barandilla del muelle, estaba una mujer que
parecía
observar
con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy coqueto y
llevaba
un bonito sombrero amarillo. «Es, sin duda, joven y morena», pensé. Por lo
visto
no
había oído mis pasos y ni siquiera se movió cuando, conteniendo el aliento y
con el
corazón
a galope, pasé junto a ella. «Es extraño -me dije-, algo la tiene muy
abstraída.»
De
pronto me quedé clavado en el sitio. Creí haber oído un sollozo ahogado. Sí, no
me
había
equivocado, porque momentos después oí otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió
el
corazón. Soy muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giré sobre los
talones,
me
acerqué a ella y le hubiera dicho «¡Señorita!» de no saber que esta exclamación
ha
sido
pronunciada ya un millar de veces en novelas rusas que versan sobre la alta
sociedad.
Eso fue lo único que me contuvo. Pero mientras buscaba otra palabra la
muchacha
recobró su compostura, miró en torno suyo, bajó los ojos y se deslizó junto a
mí a
lo largo del muelle. Al momento me puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se
apartó
del muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la acera. Yo no me atreví a
cruzar
la calle. El corazón me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la
mano.
Inopinadamente la casualidad vino en mi ayuda.
Por
la acera, no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido
de
frac,
impresionante por los años, aunque no lo fuera por su manera de andar. Caminaba
haciendo
eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una flecha,
rauda
y tímida, como van por lo común las mocitas que no quieren que se las acompañe
a
casa
de noche, y, por supuesto, el caballero tambaleante no hubiera podido
alcanzarla si
mi
suerte no le hubiera sugerido recurrir a una estratagema. Sin decir palabra, el
caballero
se
arrancó de repente y se puso a galopar en persecución de mi desconocida. Ella
volaba,
pero
no obstante el caballero de los trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por
fin, la
muchacha
lanzó un grito... y yo doy gracias al destino por el excelente bastón de nudos
que
mi mano derecha empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me planté
en
la
acera opuesta, el caballero importuno comprendió al instante de qué se trataba,
tomó en
consideración
el argumento irresistible que yo blandía, calló, se desvió, y sólo cuando se
halló
bastante lejos protestó contra mí en términos bastante enérgicos, pero sus
palabras
apenas
se percibían desde donde estábamos.
-Deme
usted la mano -le dije a mi desconocida-. Ese sujeto ya no se atreverá a
acercarse.
Ella,
en silencio, me alargó la mano, que aún temblaba de agitación y espanto. ¡Oh,
caballero
importuno, cómo te di las gracias en ese momento! La miré fugazmente. Era
bonita
y morena. Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas de
miedo
reciente
o de tristeza anterior. No sé. Pero a los labios afloraba ya una sonrisa. Ella
también
me miró de soslayo, se ruborizó ligeramente y bajó los ojos.
-¿Por
qué me rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.
-No
le conocía. Pensé que también usted...
-¿Pero
es que me conoce usted ahora?
-Un
poco. Por ejemplo, ¿por qué tiembla usted?
-¡Ah,
ha acertado a la primera mirada! -respondí entusiasmado de saberla inteligente,
lo
que,
unido a la belleza, no es humo de pajas-. Sí, a la primera mirada ha adivinado
usted
qué
clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las mujeres. Estoy agitado, no
lo
niego;
ni más ni menos que usted misma lo estaba hace un minuto cuando la asustó ese
señor.
Ahora el que tiene miedo soy yo. Parece un sueño, pero ni aun en sueños hubiera
creído
que hablaría con una mujer.
-¿Cómo?
¿Es posible?
-Sí.
Si me tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan
pequeña
y bonita como la suya. He perdido la costumbre de estar con las mujeres; mejor
dicho,
nunca la he tenido, soy un solitario. Ni siquiera sé hablar con ellas. Ni ahora
tampoco.
¿No
le he soltado a usted alguna majadería? Dígamelo con franqueza. Le advierto
que
no me ofendo.
-No,
nada. Todo lo contrario. Y si me pide usted que sea franca le diré que a las
mujeres
les gusta esa clase de timidez. Y si quiere saber algo más, también a mí me
gusta,
y no
le diré que se vaya hasta que lleguemos a casa.
-Lo
que hará usted conmigo -dije jadeante de entusiasmo- es que dejaré de ser
tímido y
entonces
¡adiós a todos mis métodos!
-¿Métodos?
¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.
-Perdón.
No será así. Se me fue la lengua. Pero ¿cómo quiere que en un momento como
éste
no tenga el deseo ... ?
-¿De
agradar, no es eso?
-Pues
sí. Por amor de Dios, sea usted buena. Juzgue de quién soy. Tengo ya veintiséis
años
y nunca he conocido a nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con facilidad y buen
sentido?
Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y franqueza. No
sé
callar cuando habla el corazón dentro de mí. Bueno, da lo mismo. ¿Puede usted
creer
que
nunca he hablado con una mujer, nunca jamás? ¿Qué no he conocido a ninguna?
Ahora
bien, todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si supiera
usted
cuántas
veces he estado enamorado de esa manera!
-Pero
¿cómo? ¿Con quién?
-Con
nadie, con un ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo
novelas
enteras. Ah, usted no me conoce. Es verdad que he conocido a dos o tres
mujeres;
otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de patronas...
Pero
voy
a hacerla reír, voy a decirle que algunas veces he pensado entablar
conversación en
la
calle con alguna mujer de la buena sociedad. Así, sin cumplidos. Claro está que
cuando
se
halle sola. Hablar, por supuesto, con timidez, respeto y apasionamiento;
decirle que me
muero
solo, que no me rechace, que no hallo otro medio de conocer a mujer alguna,
insinuarle
incluso que es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un
hombre
tan infeliz como yo; y que, al fin y al cabo, lo que pido es sólo que me diga
con
simpatía
un par de palabras amistosas, que no me mande a paseo desde el primer instante,
que
me crea bajo palabra, que escuche lo que le digo, que se ría de mí si le da
gusto, que
me
dé esperanzas, que me diga dos palabras, tan sólo dos palabras, aunque no nos
volvamos
a ver jamás. Pero usted se ríe... Por lo demás, hablo sólo para hacerla reír...
-No
se enfade. Me río porque es usted su propio enemigo. Si probara usted, quizá
lograra
todo eso aun en la calle misma. Cuanto más sencillo, mejor. No hay mujer buena,
a
menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier motivo, que
pensara
despedirle
a usted sin esas dos palabras que implora con tanta timidez. Por otro lado,
¿quién
soy yo para hablar? Lo más probable es que le tuviera a usted por loco. Juzgo
por
mí
misma. ¡Bien sé yo cómo viven las gentes en el mundo!
-Se
lo agradezco -exclamé-. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!
-Bien.
Ahora dígame cómo conoció usted que soy de las mujeres con quienes .... bueno,
a
quienes usted considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, no
una
patrona,
como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí?
-¿Por
qué? ¿Por qué? Pues porque estaba usted sola, porque ese caballero era
demasiado
atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obligación...
-No,
no, antes de eso. Allí, al otro lado de la calle. Usted quería acercárseme,
¿verdad?
-¿Allí,
al otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he
sentido
feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta ahora he
tenido
momentos tan felices. Usted... me parecía quizá... Bueno, perdone que se lo
recuerde:
me parecía que lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me oprimía el
corazón.
¡Ay, Dios mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado
sentir
compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso
podía
ofenderla cuando se me ocurrió acercarme a usted?
-Bueno,
basta; no diga más -repuso la joven, bajando los ojos y apretándome la mano-.
Yo
misma tengo la culpa por haber hablado de eso. Pero estoy contenta de no
haberme
equivocado
con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme por esta callejuela.
Son
dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...
-¿Pero
es de veras posible que no volvamos a ver nos? ¿Es posible que las cosas queden
así?
-Mire
-dijo riendo la muchacha-. Al principio sólo quería usted dos palabras, y
ahora...
Pero,
en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.
-Mañana
vengo aquí -dije-. Ah, perdone, ya estoy exigiendo...
-Sí,
es usted impaciente. Exige casi...
-Escuche
-la interrumpí-. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir
aquí
mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momentos como éste,
como
el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en mis
sueños.
Voy
a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año. Mañana vendré
aquí sin
falta,
aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma hora, y seré feliz recordando el
día de
hoy.
Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres sitios como éste en
Petersburgo.
Una
vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted
también
hace
diez minutos lloraba recordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de
nuevo.
Puede que usted, alguna vez, fuera especialmente feliz en este lugar.
-Bueno
-dijo la muchacha-. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también.
Veo
que ya no puedo impedirle... pero, mire, es que necesito venir aquí. No piense
usted
que
le doy una cita. Le aseguro que tengo que estar aquí por asuntos míos. Ahora
bien, se
lo
digo sin titubeos: no me importaría que también viniera usted. En primer lugar
porque
pudieran
ocurrir incidentes desagradables como el de hoy; pero dejemos eso... En suma,
sencillamente
me gustaría verle... para decirle dos palabras. Ahora, vamos a ver, ¿no me
condena
usted? ¿No piensa que le estoy dando una cita sin más ni más? No se la daría si
...
; pero, bueno, eso es un secreto mío. Antes de todo una condición.
-¡Una
condición! Hable, dígalo todo de antemano. Estoy de acuerdo con todo, dispuesto
a
todo -exclamé exaltado-. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted me
conoce.
-Precisamente
porque le conozco le invito para mañana -dijo la joven riendo-. Le
conozco
muy bien. Pero, mire, venga con una condición: en primer lugar (sea usted
bueno
y haga lo que le pido; ya ve que hablo con franqueza) no se enamore de mí. Eso
no
puede
ser, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser amiga suya. Aquí tiene mi mano. Pero
lo
de
enamorarse no puede -ser. Se lo ruego.
-Le
juro -grité yo, cogiéndole la mano...
-Basta,
no jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de mí
porque
le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien poder
cambiar
una palabra o a quien pedir consejo. Claro que la calle no es sitio indicado
para
encontrar
consejeros. Usted es la excepción. Le conozco a usted como si fuésemos
amigos
desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará usted?
-Usted
lo verá. Lo que no sé, sin embargo, es cómo voy a sobrevivir las próximas
veinticuatro
horas.
-Duerma
usted a pierna suelta. Buenas noches. Recuerde que ya he confiado en usted.
Hace
un momento lanzó usted una exclamación tan hermosa que justifica cualquier,
sentimiento,
incluso el de simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo dijo usted de un modo tan bello
que
al instante pensé que podía fiarme de usted.
-¿Pero
en qué asunto?.¿Para qué?
-Hasta
mañana. Mientras tanto hay que guardar secreto. Tanto mejor para usted, porque
a
cierta distancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya
hablaremos,
nos
conoceremos mejor...
-Yo
mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si
me
ocurriera
un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted contenta de no haberse
enfadado
conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme rechazado desde
el
primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz.
Quién
sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá ha resuelto mis
dudas...
Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré todo mañana, ya se
enterará
usted de todo.
-Bueno,
acepto. Usted empezará.
-De
acuerdo.
-Hasta
la vista.
-Hasta
la vista.
Nos
separamos. Pasé la noche andando, sin decidirme a volver a casa. ¡Me sentía tan
feliz!
¡Hasta mañana!Capitulo 2:
Bueno, soy yo otra vez y vengo a dejarles otro capitulo. En este capitulo se afianza la amistad de nuestro protagonista y la dama y se descubre todo el conflicto del cual trata esta interesante y corta obra.
Noche segunda
-Bueno,
ya veo que ha sobrevivido usted -me dijo riendo y estrechándome ambas
manos.
-Ya
llevo aquí dos horas. ¡No puede usted figurarse qué día he pasado!
-Me
lo figuro, sí. Pero al grano. ¿Sabe usted para qué he venido? Pues no para
decir
tonterías
como ayer. Mire, es preciso que en adelante seamos más sensatos Ayer estuve
pensando
mucho en todo esto.
-¿Pero
en qué ser más sensatos? ¿En qué? Por mí estoy dispuesto, pero la verdad es que
en
mi vida me han ocurrido cosas tan sensatas como ahora.
-¿De
veras? Para empezar le ruego que no me apriete las manos tanto. En segundo
lugar
le advierto que hoy ya he pensado mucho en usted.
-Bien,
¿y con qué conclusión?
-¿Con
qué conclusión? Pues con la conclusión de que tenemos que empezar por el
principio,
porque hoy estoy persuadida de que aún no le conozco bien. Ayer me porté
como
una niña, como una chicuela. Por supuesto, mi buen corazón tiene la culpa de
todo.
Me
estuve dando importancia, como sucede siempre que empezamos a examinar nuestra
vida.
Y para corregir esa falta me he propuesto enterarme detalladamente de todo lo
que
toca
a usted. Ahora bien, como no tengo a nadie que me pueda dar informes, usted
mismo
habrá
de contármelo todo, revelarme todo el secreto. A ver, ¿qué clase de hombre es
usted?
¡Hala, empiece, cuénteme toda la historia!
-¡Historia!
-exclamé sobrecogido-. ¡Historia! ¿Pero quién le ha dicho que tengo
historia?
Yo no tengo historia...
-Puesto
que ha vivido usted, ¿cómo no va a tener historia? - me interrumpió riendo.
-No
ha habido historia de ninguna clase, ning una. He vivido, como quien dice,
conmigo
mismo,
es decir, enteramente solo, solo, completamente solo. ¿Entiende usted lo que es
estar
solo?
-¿Cómo
solo? ¿Es que no ve nunca a nadie?
-¡Ah,
no! Ver, sí veo; pero solo, a pesar de ello.
-¿Entonces
qué? ¿Es que no habla con nadie?
-En
sentido estricto, con nadie.
-Entonces,
explíquese. ¿Qué clase de hombre es usted? Déjeme adivinarlo. Usted, como
yo,
probable mente tiene una abuela. La mía está ciega. Nunca me deja ir a ninguna
parte,
de
modo que casi se me ha olvidado hablar. Y cuando un par de años atrás hice
ciertas
travesuras,
y ella vio que no podía hacer carrera de mí, me llamó y prendió mi vestido al
suyo
con un imperdible. Desde entonces así nos pasamos sentadas días enteros. Ella
hace
calceta
aunque está ciega; y yo, sentada a su lado, coso o le leo algún libro. De esta
manera
tan rara, prendida a otra persona con un alfiler, llevo ya dos años.
-¡Qué
desgracia, Dios santo! No, yo no tengo una abuela como ésa.
-Si
no la tiene, ¿por qué se queda usted en casa?
-Escuche.
¿Quiere saber qué clase de persona soy? -Pues sí.
-¿En
el sentido riguroso de la palabra?
-En
el sentido más riguroso de la palabra.
-Pues
bien, soy... un tipo.
-Un
tipo. ¿Un tipo? ¿Qué clase de tipo? -gritó la muchacha, riendo a borbotones,
como
si
no lo hubiera hecho en todo un año-. Es usted divertidísimo. Mire, aquí hay un
banco.
Sentémonos.
Por aquí no pasa nadie. Nadie nos oye y... empiece su historia. Porque, no
pretenda
lo contrario, usted tiene una historia y trata sólo de escurrir el bulto. En
primer
lugar,
¿qué es un tipo?
-¿Un
tipo? Un tipo es un original, un hombre ridículo -contesté con una carcajada
que
empalmaba
con su risa infantil-. Es un bicho raro. Oiga, ¿sabe usted lo que es un
soñador?
-¿Un
soñador? ¿Cómo no voy a saberlo? Yo misma soy una soñadora. Hay veces,
cuando
estoy sentada junto a la abuela, que no sé por qué motivo no se me ocurre nada.
Pero
me pongo a soñar y a ensimismarme hasta que..., en fin, qué me caso con un
príncipe
chino. A veces eso de soñar está bien... Por otra parte, quizá no. Sobre todo
si ya
hay
bastantes cosas en que pensar -agregó la joven hablando ahora con relativa
seriedad.
-¡Magnífico!
Si alguna vez decide casarse con un emperador chino, entenderá lo que
digo.
Bueno, oiga... Pero, perdón, todavía no sé cómo se llama usted.
-Por
fin. ¡Pues sí que se ha acordado usted temprano!
-¡Ay,
Dios mío! No se me ha ocurrido siquiera. Como lo he estado pasando tan bien...
-Me
llamo... Nastenka.
-Nastenka.
¿Nada más?
-¿Nada
más? ¿Le parece poco, hombre insaciable?
-¿Poco?
Todo lo contrario. Mucho, mucho, muchísimo. Nastenka, es usted una chica
estupenda
si desde el primer momento ha sido Nastenka para mí.
-Precisamente.
Ya ve.
-Bueno,
Nastenka, escuche y verá qué historia más ridícula me sale.
Me
senté junto a ella, tomé una postura pedantescamente seria y empecé como si
leyera
un
texto escrito:
-Hay
en Petersburgo, Nastenka, si no lo sabe usted, bastantes rincones curiosos. Se
diría
que
a esos lugares no se asoma el mismo sol que brilla para todos los
petersburgueses,
sino
que es otro el que se asoma, otro diferente, que parece encargado de propósito
para
esos
sitios y que brilla para ellos con una luz especial. En esos rincones, querida
Nastenka,
se vive una vida muy peculiar, nada semejante a la que bulle en torno nuestro,
una
vida que cabe concebir en lejanas y misteriosas tierras, pero no aquí, entre
nosotros,
en
este tiempo nuestro tan excesivamente serio. En esa otra vida hay una mezcla de
algo
puramente
fantástico, ardientemente ideal, y de algo (¡ay, Nastenka!) terriblemente
ordinario
y prosaico, por no decir increíblemente chabacano.
-¡Uf!
¡Qué prólogo, Dios mío! ¿Qué es lo que oigo?
-Lo
que oye usted, Nastenka (me parece que no me cansaré ya nunca de llamarla
Nastenka),
lo que oye usted es que en esos rincones viven unas gentes extrañas: los
soñadores.
El soñador -si se quiere una definición más precisa- no es un hombre ¿sabe
usted?
sino una criatura de género neutro. Por lo común se instala en algún rincón
inaccesible,
como si se escondiera del mundo cotidiano. Una vez en él, se adhiere a su
cobijo
como lo hace el caracol, o, al menos, se parece mucho al interesante animal,
que es
a la
vez animal y domicilio, llamado tortuga. ¿Por qué piensa usted que se aficiona
tanto
a
sus cuatro paredes, indefectiblemente pintadas de verde, cubiertas de hollín,
tristes y
llenas
de un humo inaguantable? ¿Por qué este ridículo señor, cuando viene a visitarle
uno
de sus raros conocidos (pues lo que pasa al cabo es que se le agotan los
amigos), por
qué
este ridículo señor le recibe tan turbado, tan alterado de rostro y en tal
confusión que
se
diría que acaba de cometer un delito entre sus cuatro paredes, que ha fabricado
billetes
falsos,
o que ha compuesto algunos versecillos para mandar a alguna revista bajo carta
anónima
en la que declara que el verdadero autor de ellos ha muerto ya y que un amigo
suyo
considera deber sagrado darlos a la estampa? Diga, Nastenka, ¿por qué no cuaja
la
conversación
entre estos dos interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni siquiera una frasecilla
vivaz
brotan de los labios del perplejo visitante, quien en otras ocasiones ama la
risa, las
frasecillas
vivaces los comentarios sobre el bello sexo y otros temas festivos? ¿Por qué
también
ese amigo, probablemente reciente, en su primera visita (porque en tales casos
no
habrá una segunda, ya que ese amigo no volverá), por qué también el amigo se
queda
azorado,
lelo, a pesar de toda su agudeza (si efectiva mente la tiene), mirando el
torcido
gesto
del dueño, quien por su parte ha tenido ya tiempo bastante para embrollarse por
completo
tras los esfuerzos tan titánicos como inútiles que ha hecho por avivar la
conversación,
por
mostrar su propio conocimiento de las cosas mundanales, por hablar a su vez
del
bello sexo y aun por agradar humildemente a ese pobre hombre que allí nada
tiene
que
hacer y que ha venido por equivocación a visitarle? ¿Por qué, en fin, el
visitante coge
de
pronto su sombrero y sale disparado, habiendo recordado de pronto un asunto
urgentísimo
que por supuesto no existe, una vez que ha librado la mano del cálido
apretón
de la del -dueño, quien trata en vano de mostrar su contrición y recobrar el
terreno
perdido? ¿Por qué el visitante, traspasada la puerta de salida, suelta la
carcajada y
jura
no volver a visitar a ese sujeto estrafalario, aunque ese sujeto estrafalario
es en
realidad
un chico excelente? ¿Por qué, con todo, el visitante no puede resistir la
tentación
de
comparar, siquiera forzadamente, la cara de su amigo durante la entrevista con
la de
un
gato infeliz que han maltratado, vapuleándolo y aterrorizándolo a mansalva,
unos
niños
quienes, habiéndolo capturado insidiosamente, lo han dejado hecho una lástima?
¿Gato
que logra por fin meterse debajo de una silla, en la oscuridad, donde se ve
obligado
a
pasar una hora entera, erizado todo él, dando resoplidos, lavándose las heridas
recibidas,
y que durante largo tiempo, mirará con desvío la naturaleza y la vida, incluso
los
restos de comida que de la mesa del amo le guarda, compasiva, una ama de llaves
... ?
-Oiga
interrumpió Nastenka, que me había escuchado todo ese tiempo absorta, con los
ojos
y la boca abiertos-. Oiga, yo no sé por qué ha ocurrido todo eso ni por qué me
hace
usted
esas preguntas ridículas. Lo que sí sé de cierto es que sin duda todas esas aventuras
le
han ocurrido a usted -tal como las cuenta.
-Ni
que decir tiene -contesté yo con cara muy seria.
-Bueno,
si es así, siga -prosiguió Nastenka-, porque me interesa mucho saber cómo
termina
la cosa.
-¿Usted
quiere saber, Nastenka, qué hacía en su rincón nuestro héroe, o, mejor dicho,
qué
hacía yo, porque el héroe de todo ello soy yo, mi propia y modesta persona?
¿Usted
quiere
saber por qué me alarmó y turbó tanto la visita inesperada de un amigo? ¿Usted
quiere
saber por qué me solivianté y me ruboricé tanto cuando se abrió la puerta de mi
cuarto?
¿Por qué no sabía recibir visitas y por qué quedé aplastado tan vergonzosamente
bajo
el peso de mi propia hospitalidad?
-Sí,
sí -respondió Nastenka-. De eso se trata. Oiga, usted cuenta muy bien las
cosas,
pero
¿no es posible hablar un poco menos bien? Porque usted habla como si estuviera
leyendo
un libro.
-Nastenka
-objeté con voz imponente y severa, haciendo esfuerzos para no reír-, mi
querida
Nastenka, sé que cuento las cosas muy bien, pero, lo siento, no puedo contarlas
de
otro modo. En este momento, querida Nastenka, me parezco al espíritu del rey
Salomón,
que estuvo mil años dentro de una hucha, bajo siete sellos. Y por fin han
levantado
los siete sellos. Ahora, querida Nastenka, cuando nos encontramos de nuevo
tras
larga separación (porque hace ya mucho tiempo que la conozco, Nastenka, porque
hace
ya mucho tiempo que busco a alguien, lo que es señal de que buscaba
precisamente
a
usted y de que estaba escrito que nos encontrásemos ahora), se me han abierto
mil
esclusas
en la cabeza y tengo que derramarme en un río de palabras, porque si no lo hago
me
ahogo. Por eso le ruego, Nastenka, que no me interrumpa, que escuche atenta y
humildemente.
De lo contrario, guardaré silencio.
-De
ninguna manera. Hable. Ya no digo más esta boca es mía.
-Prosigo.
Hay en mi día, Nastenka, amiga mía, una hora que aprecio
extraordinariamente.
Es la hora en que han terminado los negocios, el trabajo, las obligaciones,
y la
gente regresa apresuradamente a casa para comer y descansar. En camino
piensa
en cosas agradables que hacer durante la velada, la noche y todo el tiempo
libre de
que
dispone. A esa hora también nuestro héroe (y permítame, Nastenka, que hable en
tercera
persona, porque en primera me resultaría sumamente vergonzoso decirlo), repito,
a
esa hora también nuestro héroe, que como todo hijo de vecino tiene sus
ocupaciones,
vuelve
a casa con los demás. En su rostro pálido y surcado de arrugas se dibuja un
extraño
sentimiento de satisfacción. Mira con interés el crepúsculo vespertino que se
apaga
lentamente en el cielo frío de Petersburgo. Cuando digo que mira, miento. No
mira,
sino
que contempla distraídamente, como si estuviera fatigado o preocupado de algo
más
interesante
en ese momento. De modo que quizá sólo fugazmente, casi sin querer, puede
ocuparse
de lo que le rodea. Está satisfecho porque se ha desembarazado hasta el día
siguiente
de asuntos enojosos, y está alegre como un colegial a quien permiten que deje
el
banco
de la escuela para entregarse a sus travesuras y juegos favoritos. Obsérvele de
soslayo,
Nastenka, y al punto verá que esa sensación de gozo ha influido ya de manera
positiva
en sus débiles nervios y en su fantasía morbosamente irritada. Mire, está
pensando
en algo... ¿En la comida quizá? ¿En cómo va a pasar la velada? ¿En qué fija los
ojos?
¿En ese caballero de aspecto importante que saluda tan pintorescamente a la
dama
que
pasa junto a él en un espléndido carruaje tirado por veloces caballos? No,
Nastenka.
Ahora
no le importan nada esas menudencias. Ahora se siente rico de su propia vida.
De
pronto,
por un motivo ignorado, se sabe rico. Y no en vano el sol poniente le lanza un
alegre
rayo de despedida y despierta en su tibio corazón todo un enjambre de
impresiones.
Ahora
apenas se da cuenta del camino en el que poco antes le hubiera llamado la
atención
la minucia más insignificante. Ahora la «diosa Fantasía» (si ha leído usted a
Zhukovski,
querida Nastenka) ha bordado con caprichosa mano su tela de oro y ha
mandado,
para que las desplieguen ante él, alfombras de vida inaudita, milagrosa. ¿Quién
sabe
si no le ha transportado con su mano mágica de la acera de excelente granito
por la
que
vuelve a casa al séptimo cielo de cristal? Trata usted de detenerle ahora, de
preguntarle
dónde se encuentra ahora, por qué calles va. Lo probable es que no recuerde
ni
por dónde va ni dónde está en ese momento, y enrojeciendo de irritación soltará
sin
duda
alguna mentira para salir del paso. Por eso se sorprende, está a punto de
lanzar un
grito
y mira atemorizado a su alrededor cuando una anciana venerable le detiene
cortésmente
en la acera para pedirle direcciones por haberse equivocado de camino.
Sigue
adelante con el entrecejo fruncido de enojo, sin percatarse apenas de que más
de un
transeúnte
se sonríe al verle y se vuelve a mirarle cuando pasa, ni de que una muchachita,
que
le cede tímidamente la acera, rompe a reír estrepitosamente, hecha toda ojos,
al ver
su
ancha sonrisa contemplativa y los aspavientos que hace. Y, sin embargo, esa
misma
fantasía
ha arrebatado también en su vuelo juguetón a la anciana, a los transeúntes
curiosos,
a la chica de la risa y a los marineros que al anochecer se sientan a comer en
las
barcazas
con las que forman un dique en la Fontanka (supongamos que nuestro héroe
pasa
por allí a esa hora). Ha prendido traviesamente en su lienzo a todo y a todos,
como
moscas
en una telaraña. Y con esa riqueza recién adquirida el tipo estrafalario entra
en su
acogedora
madriguera, se sienta a cenar, termina de cenar y al cabo de un rato se
despabila
sólo cuando la pensativa y siempre triste Matryona, la criada que le sirve,
levanta
los manteles y le da la pipa. Se despabila y recuerda con asombro que ya ha
cenado,
sin darse la menor cuenta de cómo ha ocurrido la cosa. La habitación está a
oscuras.
La aridez y la tristeza se adueñan del alma de nuestro héroe. El castillo de
sus
ilusiones
se ha venido sin estrépito, sin dejar rastro, se ha esfumado como un sueño; y
él
ni
siquiera se percata de que ha estado soñando. Pero en su pecho siente todavía
una vaga
sensación
que lo agita ligeramente. Un nuevo deseo le cosquillea tentadoramente la
fantasía,
la estimula e imperceptiblemente suscita todo un conjunto de nuevas quimeras.
El
silencio reina en la pequeña habitación. La soledad y la indolencia acarician
la
fantasía.
asta se enciende poco a poco, empieza a bullir como el agua en la cafetera de
la
vieja
Matryona, que tranquilamente sigue con sus faenas en la cocina, preparando su
detestable
café. La fantasía empieza a desbordarse entre alguna que otra llamarada. Y he
aquí
que el libro cogido al azar, maquinalmente, se le cae de la mano a mi soñador,
que
no
ha llegado ni a la tercera página. Su fantasía despierta de nuevo, está en su
punto. De
pronto,
un mundo nuevo, una vida nueva y fascinante, resplandece ante él con brillantes
perspectivas.
Nuevo sueño, nueva felicidad. Nueva dosis de veneno sutil y voluptuoso.
¿Qué
le importa a él nuestra vida real? ¡A sus ojos hechizados, usted, Nastenka, y
yo
llevamos
una existencia tan apagada, tan lenta y desvaída, estamos todos, en su opinión,
tan
descontentos con nuestra suerte, nos aburrimos tanto en nuestra vida! En
efecto, fíjese
bien
y verá cómo a primera vista todo es frío, lúgubre y, por así decirlo, enojoso
entre
nosotros.
«¡Pobre gente!» piensa mi soñador; y no es extraño que así lo piense. Observe
esas
visiones mágicas que de manera tan encantadora, tan sugestiva y fluida componen
ante
sus ojos ese cuadro animado y subyugante, en cuyo primer plano la figura
principal
es,
por supuesto, él mismo, nuestro soñador, su propia persona querida. Fíjese en
las
diversas
aventuras, en la infinita procesión de sueños ardientes. Quizá pregunta usted
con
qué
sueña. ¿Para qué preguntarlo? Sueña con todo, con la misión del poeta,
desconocido
primero
e inmortalizado después, con que es amigo de Hoffmann, con la noche de San
Bartolomé,
con Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, con actos de heroísmo en
ocasión
de
la toma de Kazan por Iván el Terrible, con Clara Mowbray y Effie Deans, otras
heroínas
de Walter Scott, con el sínodo de prelados y Huss ante ellos, con la rebelión
de
los
muertos en Roberto el Diablo (¿se acuerda de la música? ¡huele a cementerio!),
con la
batalla
de Berezina, con la lectura de poemas en casa de la condesa V.D., con Danton,
con
Cleopatra e i suoi amanti, con La casita en Kolomma de Pushkin,
con su propio
rincón,
junto a un ser querido que le escucha como usted me escucha ahora, ángel mío,
con
la boca y los ojos abiertos en una noche de invierno. No, Nastenka, ¿qué le
importa a
él,
hombre voluptuoso, esta vida a la que usted y yo nos aferramos tanto? A juicio
suyo
es
una vida pobre, miserable, aunque no prevé que también para él acaso sonará
alguna
vez
la hora fatal en que por un día de esta vida miserable daría todos sus años de
fantasía,
y no
los daría a cambio de la alegría o la felicidad, ni tendría preferencias en esa
hora de
tristeza,
arrepentimiento y dolor puro y simple. Pero hasta tanto que llegue ese momento
amenazador
nuestro héroe no desea nada, porque está por encima del deseo, porque está
saciado,
porque es artista de su propia vida y se forja cada hora según su propia
voluntad.
¡Es
tan fácil, tan natural, crear ese mundo legendario, fantástico! Se diría, en
efecto, que
no
es una ilusión. A decir verdad, en algunos momentos, está dispuesto a creer que
esa
vida
no es una excitación de los sentidos, ni un espejismo, ni un engaño de la
fantasía,
sino
algo real, auténtico, palpable. Dígame, Nastenka, ¿por qué en tales momentos se
corta
el aliento? ¿Por qué arte de magia, por qué incógnito arbitrio se le acelera el
pulso
al
soñador, se le saltan las lágrimas, le arden las mejillas humedecidas y se
siente
penetrado
por un inmenso deleite? ¿Por qué pasan en un segundo noches enteras de
insomnio,
en gozo y felicidad inagotables? ¿Y por qué, cuando la aurora toca las ventanas
con
sus dedos rosados y el alba ilumina el cuarto sombrío con su luz incierta y
fantástica,
como
sucede aquí en Petersburgo, nuestro soñador, fatigado, extenuado, se deja caer
en el
lecho,
presa de un sopor causado por la exaltación enfermiza y aberrante de su
espíritu, y
con
un dolor de corazón en que se mezclan la angustia y la dulzura? Sí, Nastenka,
nuestro
héroe
se engaña y cree a pesar suyo que una pasión genuina, verdadera, le agita el
alma;
cree
a pesar suyo que hay algo vivo, palpable, en sus sueños incorpóreos. ¡Y qué
engaño!
El
amor ha prendido en su pecho con su gozo infinito, con sus agudos tormentos.
Basta
mirarle
para con vencerse. ¿Querrá usted creer al mirarle,- querida Nastenka, que nunca
ha
conocido de verdad a la que tanto ama en sus sueños desenfrenados? ¿Es posible
que
tan
sólo la haya visto en sus quimeras seductoras, que esta pasión no sea sino un
sueño?
¿Es
posible que, en realidad, él y ella no hayan caminado juntos por la vida tantos
años,
cogidos
de la mano, solos, después de renunciar a todo y a todos y de fundir cada uno
su
mundo,
su vida, con la vida del compañero? ¿Es posible que en la última hora antes de
la
separación
no se apoyara ella en el pecho de él, sufriendo, sollozando, sorda a la
tempestad
que bramaba bajo el cielo adusto, e indiferente al viento que barría las
lágrimas
de sus negras pestañas? ¿Es posible que todo esto no fuera más que un sueño?
¿Lo
mismo que ese jardín melancólico, abandonado, selvático, con veredas cubiertas
de
musgo,
solitario, sombrío, donde tan a menudo paseaban juntos, acariciando esperanzas,
padeciendo
melancolías, y amándose, amándose tan larga y tiernamente? ¿Y esa extraña
casa
linajuda en la que ella vivió tanto tiempo sola y triste, con un marido viejo y
lúgubre,
siempre taciturno y bilioso, que les causaba temor, como si fueran niños
tímidos
que,
tristes y esquivos, disimulaban el amor que se tenían? ¡Cuánto sufrían! ¡Cuánto
temían!
¡Cuán puro e inocente era su amor! Y, por supuesto, Nastenka, ¡qué aviesa era
la
gente!
¿Y es posible, Dios mío, que él no la encontrara más tarde lejos de su país,
bajo un
cielo
extraño, meridional y cálido, en una ciudad maravillosa y eterna, en el
esplendor de
un
baile, en medio del estruendo de la música, en un palazzo (ha de ser un palazzo)
visible
apenas bajo un mar de luces, en un balcón revestido de mirto y rosas, donde
ella,
reconociéndole,
al punto se quitó el antifaz y murmuró: «¿Soy libre?» Y trémula se lanzó
a
sus brazos. Y con exclamaciones de éxtasis, fuertemente abrazados, al punto
olvidaron
su
tristeza, su separación, todos sus sufrimientos, la casa lúgubre, el viejo, el
jardín
tenebroso
allí en la patria lejana y el banco en el que, con un último beso apasionado,
ella
se
arrancó de los brazos de él, entumecidos por un dolor desesperado... Convenga
usted,
Nastenka,
en que queda uno turbado, desconcertado, avergonzado, como chicuelo que
esconde
en el bolsillo la manzana robada en el huerto vecino, cuando un sujeto alto y
fuerte,
jaranero y bromista, su amigo anónimo, abre la puerta y grita como si tal cosa:
«Amigo,
en este momento vuelvo de Pavlovsk.» ¡Dios mío! Ha muerto el viejo conde,
empieza
una felicidad inefable... y, nada, ¡que acaba de llegar alguien de Pavlovsk!
Me
callé patéticamente después de mis apasionadas exclamaciones. Recuerdo que
tenía
unas
ganas enormes de reír a carcajadas, aunque la risa fuese forzada, porque notaba
que
un
diablillo se removía dentro de mí, que empezaba a agarrárseme la garganta, a
temblarme
la barbilla y que los ojos se me iban humedeciendo. Esperaba a que Nastenka,
que
me había estado escuchando, abriera sus ojos inteligentes y rompiera a reír con
su
risa
infantil, irresistiblemente alegre. Ya me arrepentía de haberme excedido, de
haber
contado
vanamente lo que desde tiempo atrás bullía en mi corazón, lo que podía relatar
como
si estuviese leyendo algo escrito, porque hacía ya tiempo que había pronunciado
sentencia
contra mí mismo y ahora no había resistido la tentación de leerla, sin esperar,
por
supuesto, que se me comprendiera. Pero, con sorpresa mía, Nastenka siguió
callada y
luego
me estrechó la mano y me dijo con tímida simpatía:
-¿Es
posible que haya vivido usted toda su- vida como dice?
-Toda
mi vida, Nastenka -contesté-. Toda ella, y al parecer así la acabaré.
-No,
imposible -replicó intranquila-. Eso no. Puede que yo también pase la vida
entera
junto
a mi abuela. Oiga, ¿sabe que vivir de esa manera no es nada bonito?
-Lo
sé, Nastenka, lo sé --exclamé sin poder contener mi emoción-. Ahora más que
nunca
sé que he malgastado mis años mejores. Ahora lo sé, y ese conocimiento me causa
pena,
porque Dios mismo ha sido quien me ha enviado a usted, a mi ángel bueno, para
que
me lo diga y me lo demuestre. Ahora que estoy sentado junto a usted y que hablo
con
usted
me aterra pensar en el futuro, porque el futuro es otra vez la soledad, esta
vida
rutinaria
e inútil. ¿Y ya con qué voy a sonar, cuando he sido tan feliz despierto?
¡Bendita
sea
usted, niña querida, por no haberme rechazado desde el primer momento, por
haberme
dado la posibilidad de decir que he vivido al menos dos noches en mi vida!
-¡Oh,
no, no! -exclamó Nastenka con lágrimas en los ojos-. No, eso ya no pasará. No
vamos
a separarnos así. ¿Qué es eso de dos noches?
-¡Ay,
Nastenka, Nastenka! ¿Sabe usted por cuánto tiempo me ha reconciliado conmigo
mismo?
¿Sabe usted que en adelante no pensaré tan mal de mí como he pensado otras
veces?
¿Sabe usted que ya no me causará tristeza haber delinquido y pecado en mi vida,
porque
esa vida ha sido un delito, un pecado? ¡Por Dios santo, no crea que exagero, no
lo
crea,
Nastenka, porque ha habido momentos en mi vida de mucha, de muchísima tristeza!
En
tales momentos he pensado que ya nunca sería capaz de vivir una vida auténtica,
porque
se me antojaba que había perdido el tino, el sentido de lo genuino, de lo real,
y
acababa
por maldecir de mí mismo, ya que tras mis noches fantásticas empezaba a tener
momentos
de horrible resaca. Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula
ruidosamente
la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente,
cómo
vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de
encargo, que
no
se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente,
vida
eternamente
joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es
asustadiza,
triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea,
esclava
de
la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón
de
Petersburgo,
que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste?
Acaba
uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el
esfuerzo
constante
por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás
sus
ideales
de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única
posibilidad
es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa.
En
vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que
busca
algún
rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado
corazón
y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía
el
alma,
lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba
con
espléndido
hechizo. ¿Sabe usted, Nastenka, a qué punto he llegado? ¿Sabe usted que me
siento
obligado a celebrar el cumpleaños de mis sensaciones, el cumpleaños de lo que
antes
me fue tan querido, de lo que en realidad no ha existido nunca? Porque ese
cumpleaños
es el de cada uno de esos sueños inanes e incorpóreos, y esos sueños inanes
no
existen y no hay por qué sobrevivirlos. También los sueños se sobreviven. ¿Sabe
usted
que
ahora me complazco en recordar y visitar en fechas determinadas los lugares
donde a
mi
modo he sido feliz? ¿Que me gusta elaborar el presente según la pauta del
pasado
irreversible?
¿Que a menudo corro sin motivo como una sombra, triste, afligido, por las
calles
y callejas de Petersburgo? ¡Y qué recuerdos! Recuerdo por ejemplo, que hace un
año
justo, justamente a esta hora, pasé por esta acera tan solo y tan triste como
lo estoy en
este
instante. Y recuerdo que también entonces mis sueños eran deprimentes. Sin
embargo
aunque el pasado no fue mejor, piensa uno que quizá no fuera tan agobiante,
que
vivía uno más tranquilo que no tenía este fúnebre pensamiento que ahora me
sobrecoge,
que no sentía este desagradable y sombrío cosquilleo de la conciencia que
ahora
no me deja en paz a sol ni a sombra. Y uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus
sueños?
Sacude la cabeza y dice: ¡qué de prisa pasa el tiempo! Vuelve a preguntarse:
¿qué
has hecho con tus años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?,
¿has
vivido
o no? ¡Mira, se dice uno mira cómo todo se congela en el mundo! Pasarán más
años
y tras ellos llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula
vejez, y en
pos
de ella la tristeza y la angustia. Tu mundo fantástico perderá su colorido, se
marchitarán
y morirán tus sueños y caerán como las hojas secas de los árboles. ¡Ay,
Nastenka
será triste quedarse solo, enteramente solo, sin tener siquiera nada que
lamentar,
nada, absolutamente nada! Porque todo eso que se ha perdido, todo eso no ha
sido
nada, un cero redondo y huero, no ha sido más que un sueño.
-Basta,
no me haga llorar más- dijo Nastenka secándose una lágrima que resbalaba por
su
mejilla-. Todo eso se ha acabado. En adelante estaremos juntos y no nos
separaremos
nunca
pase lo que pase. Escuche Yo soy una muchacha sencilla y sé poco, aunque mi
abuela
me puso maestro. Pero de veras que le comprendo a usted, porque todo lo que
acaba
de contarme me ha pasado a mí también desde que mi abuela me prendió con un
alfiler
a su vestido. Yo, por supuesto, no podría contarlo tan bien como usted porque
no
tengo
estudios -añadió con timidez, manifestando todavía admiración por mi discurso
patético
y mi estilo grandilocuente-, pero me alegro de que usted se haya retratado por
completo.
Ahora le conozco, le conozco a fondo, lo sé todo. ¿Y sabe usted? Yo, por mi
parte,
quiero contarle mi propia historia, toda ella, sin callar nada, y después me
dará
usted
un consejo. Usted es un hombre muy listo. ¿Promete darme ese consejo?
-Nastenka
-respondí-, aunque antes nunca he sido consejero, y mucho menos consejero
inteligente,
lo que usted me propone me parece muy sensato. Cada uno de nosotros dará
al
otro buenos consejos. Ahora, dígame, Nastenka bonita, ¿qué clase de consejo
necesita?
Dígamelo
sin rodeos. En este instante estoy tan alegre, tan feliz, me siento tan
atrevido,
tan
listo, que tendré la respuesta pronta.
-No,
no -me interrumpió riendo-. No me hace falta sólo un consejo inteligente, sino
un
consejo
cordial, fraterno, como si me quisiera usted de toda su vida.
-¡Conforme,
Nastenka, conforme! -exclamé excitado-. Aunque la quisiera desde hace
veinte
años, no la querría tanto como en este momento.
-Deme
su mano -dijo Nastenka.
-Aquí
está --- contesté alargándosela.
-Pues
comencemos la historia.
Historia
de Nastenka
-Ya
conoce usted la mitad de la historia, es decir, ya sabe que tengo una abuela
anciana...
-Si
la segunda mitad es tan breve como ésta... - me aventuré a interrumpir riendo.
-Calle
Y escuche. Ante todo una condición: no me interrumpa, porque pierdo el hilo.
Escuche
callado. Tengo una abuela anciana. Fui a vivir con ella cuando yo era todavía
muy
niña porque murieron mis padres. Mi abuela, según parece, era antes rica,
porque
todavía
habla de haber conocido días mejores. Ella misma me enseñó el francés y más
tarde
me puso maestro. Cuando cumplí quince años (ahora tengo diecisiete) terminaron
mis
estudios. Hice por entonces algunas travesuras, pero no le diré a usted de qué
género;
sólo
diré que fueron de poca monta. Pero la abuela me llamó una mañana y me dijo que
como
era ciega no podía vigilarme. Cogió, pues, un imperdible y prendió mi vestido
al
suyo,
diciendo que así pasaríamos lo que nos quedara de vida si yo no sentaba cabeza.
En
suma,
que al principio era imposible apartarse de ella. Trabajar, leer, estudiar,
todo lo
hacía
junto a la abuela. Una vez intenté un truco y convencí a Fyokla de que se
sentara en
mi
puesto. Fyokla es nuestra asistenta y está sorda. Fyokla se sentó en mi sitio.
En ese
momento
mi abuela estaba dormida en su sillón y yo fui a ver a una amiga que no vivía
lejos.
Pero el truco salió mal. La abuela se despertó cuando yo estaba fuera y
preguntó
por
algo, pensando que yo seguía tan campante en mi puesto. Fyokla, que vio que la
abuela
preguntaba algo pero que no oía lo que era, empezó a pensar en qué debía hacer.
Lo
que hizo fue abrir el imperdible y echar a correr...
En
ese punto Nastenka se detuvo y soltó una carcajada. Yo hice coro. Al instante
dejó
de
reír.
-Oiga,
no se ría de mi abuela. Yo me río porque es cosa de risa... Bueno, ¿qué va a
hacer
una cuando la abuela es así? Pero aun así la quiero un poco. Pues bien, aquella
vez
me
dio una pasada de las buenas. Tuve que volver a sentarme en mi sitio sin decir
palabra
y ya
fue imposible moverse de él. ¡Ah, sí! Se me olvidaba decirle que teníamos
-mejor
dicho,
que la abuela tenía- casa propia, una casita pequeña, de madera, con tres
ventanas
en
total, y casi tan vieja como la abuela. En lo alto tenía un desván. A ese
desván vino a
vivir
un inquilino nuevo...
-Es
decir que había habido un inquilino viejo --observé yo de paso.
-Pues
claro que lo había habido -respondió Nastenka-. Y sabía callar mejor que usted.
En
serio, apenas decía esta boca es mía. Era un viejecito seco, mudo, ciego, cojo,
a quien
al
cabo le resultó imposible vivir en este mundo y se murió. Con ello se hizo
necesario
tomar
un inquilino nuevo, porque sin inquilino no podíamos vivir, ya que lo que él nos
daba
de alquiler y la pensión de la abuela eran nuestros únicos recursos. Por
contraste, el
nuevo
inquilino resultó ser un joven forastero que estaba de paso. Como no regateó,
la
abuela
lo aceptó. Luego me preguntó: «Nastenka, ¿es nuestro inquilino joven o viejo?»
Yo
no quise mentir y dije: «No es ni joven ni viejo.» «¿Y es de buen aspecto?»
-preguntó-.
Una vez más no quise mentir y contesté: «Sí, es de buen aspecto, abuela.» Y
la
abuela exclamó: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que no trates de
verle. ¡Ay,
qué
tiempos éstos! ¡Pues anda, un inquilino tan insignificante y tiene, sin
embargo, buen
aspecto!
¡Eso no pasaba en mis tiempos!»
La
abuela todo lo relacionaba con sus tiempos. En sus tiempos era más joven, en
sus
tiempos
el sol calentaba más, en sus tiempos la crema no se agriaba tan pronto... ¡todo
era
mejor
en sus tiempos! Yo, sentada y callada, pensaba para mis adentros: ¿Por qué me
da
la
abuela estos consejos y me pregunta si el inquilino es joven y guapo? Pero sólo
lo
pensaba,
mientras seguía en mi sitio haciendo calceta y contando puntos. Luego me
olvidé
de ello.
Y he
aquí que una mañana vino a vernos el inquilino para recordarnos que habíamos
prometido
empapelarle el cuarto. Hablando de una cosa y otra, la abuela, que era
aficionada
a la cháchara, me dijo: «Ve a mi alcoba, Nastenka, y tráeme las cuentas.» Yo
me
levanté de un salto, ruborizada no sé por qué, y olvidé que estaba prendida con
el
imperdible.
No hubo manera de desprenderme a hurtadillas para que no lo viera el inquilino.
Di
un tirón tan fuerte que arrastré el sillón de la abuela. Cuando comprendí que
el
inquilino
se había enterado de lo que me ocurría me puse aún más colorada, me quedé
clavada
en el sitio y rompí a llorar. Sentí tanta vergüenza y amargura en ese momento
que hubiera
deseado morirme. La abuela gritó: «¿Qué haces ahí parada?», y yo llora que
te
llora. Cuando vio el inquilino lo avergonzada que estaba, saludó y se fue.
Después
de aquello, tan pronto como oía ruido en el zaguán me quedaba muerta.
Pensaba
que venía el inquilino,- y cada vez que esto pasaba desprendía el imperdible a
la
chita
callando. Pero no era él. No venía. Pasaron quince días, al cabo de los cuales
el
inquilino
mandó a decir por Fyokla que tenía muchos libros franceses, libros buenos, que
estaban
a nuestra disposición. ¿No quería la abuela que yo se los leyera para matar el
aburrimiento?
La abuela aceptó agradecida, pero preguntó si los libros eran morales,
porque,
me dijo: «Si son inmorales, Nastenka, de ninguna manera deben leerse, porque
aprenderías
cosas malas.»
-¿Qué
aprendería, abuela? ¿Qué es lo que cuentan?
-¡Ah!
-respondió-. Cuentan cómo los mozos seducen a las muchachas de buenas
costumbres;
y cómo con el pretexto de que quieren casarse con ellas las sacan de la casa
paterna;
y cómo luego abandonan a las pobres chicas a su suerte y ellas quedan
deshonradas.
Yo
he leído muchos de esos libros -dijo la abuela-, y todo está descrito tan bien
que
me pasaba la noche leyéndolos. ¡Así que mucho ojo, Nastenka, no los leas! ¿Qué
clase
de libros ha mandado? -preguntó
-Novelas
de Walter Scott, abuela.
-¡Novelas
de Walter Scott! Vaya, vaya, ¿no habrá ahí algún engaño? Mira bien a ver si
no
ha metido en ellos algún billete amoroso.
-No,
abuela, no hay ningún billete.
-Mira
bajo la cubierta. A veces los muy pillos los meten bajo la cubierta.
-No
hay nada tampoco bajo la cubierta, abuela.
-Bueno,
entonces está bien.
Así,
pues, empezamos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes leímos casi la mitad.
El
inquilino
siguió mandándonos libros. Mandó las obras de Pushkin, y llegó el momento en
que
yo no podía vivir sin libros y ya dejé de pensar en casarme con un príncipe
chino.
Así
andaban las cosas cuando un día tropecé por casualidad con el inquilino en la
escalera.
La abuela me había mandado por algo. Él se detuvo, yo me ruboricé y él
también,
pero se echó a reír, me saludó, preguntó por la salud de la abuela y dijo:
«¿Qué,
han
leído los libros?» Yo contesté que sí. «¿Y cuáles - volvió a preguntar- les han
gustado
más?»
Yo respondí: «Ivanhoe y Pushkin son los que más nos han gustado.» Con
eso
terminó
la conversación por entonces.
Ocho
días después volví a tropezar con él en la escalera. Esta vez la abuela no me
había
mandado
por nada, sino que yo había salido por mi cuenta. Ya habían dado las dos y el
inquilino
volvía a casa a esa hora. «Buenas tardes», me dijo, y yo le contesté: «Buenas
tardes.»
-¿Y
qué? -me preguntó-. ¿No se aburre usted de estar sentada todo el día junto a su
abuela?
Cuando
oí la pregunta, no sé por qué me puse colorada. Sentí vergüenza y pena de que
ya
hubieran empezado otros a hablar del asunto. Estuve por no contestar y
marcharme,
pero
me faltaron las fuerzas.
-Mire
-dijo-, es usted una chica buena. Perdone que le hable así, pero le aseguro que
me
intereso
por su suerte más que su abuela. ¿No tiene usted amigas que visitar?
Yo
dije que no, que sólo una, Mashenka, pero que se había ido a Pskov.
-Dígame
-prosiguió-, ¿quiere ir al teatro conmigo?
-¿Al
teatro? Pero ¿y la abuela?
-La
abuela no tiene por qué enterarse.
-No
-dije-, no quiero engañar a la abuela. Adiós.
-Bueno,
adiós- repitió él. Y no dijo más.
Pero
después de la comida vino a vernos. Se sentó, habló largo rato con la abuela,
le
preguntó
si salía alguna vez, si tenía amistades, y de repente dijo: «Hoy he sacado un
palco
para la ópera. Ponen El Barbero de Sevilla. Unos amigos iban a ir
conmigo, pero
después
mudaron de propósito y me he quedado con el billete y sin compañía.
-¡El
Barbero de Sevilla! -exclamó la abuela-. ¿Es ése
el mismo Barbero que ponían en
mis
tiempos?
-Sí,
el mismo -dijo, dirigiéndome una mirada-. Yo lo comprendí todo, me puse
encarnada
y el corazón me empezó a dar saltos de anticipación.
-¡Cómo
no voy a conocerlo! -dijo la abuela-. ¡Si en mis tiempos yo misma hice el papel
de
Rosina en un teatro de aficionados!
-¿No
quiere usted ir hoy? -preguntó el inquilino-. Si no, seria perder el billete.
-Pues
sí, podríamos ir -respondió la abuela-. ¿Por qué no? Además, mi Nastenka no ha
estado
nunca en el teatro.
¡Qué
alegría, Dios mío! En un dos por tres nos preparamos, nos vestimos y salimos.
La
abuela,
aunque no podía ver nada, quería oír música, pero es que además es buena.
Deseaba
que me distrajera un poco, y nosotras solas no nos hubiéramos atrevido a
hacerlo.
No le contaré la impresión que me causó El Barbero de Sevilla. Sólo le
diré que
durante
la velada nuestro inquilino me estuvo mirando con tanto interés, hablaba tan
bien,
que
pronto me di cuenta de que aquella tarde había querido ponerme a prueba
proponiéndome
que fuéramos solos. ¡Qué alegría! Me acosté tan orgullosa, tan contenta,
y el
corazón me latía tan fuertemente que tuve un poco de fiebre y toda la noche me
la
pasé
delirando con El Barbero de Sevilla.
Pensé
que después de esto el inquilino vendría a vernos más a menudo, pero no fue
así.
Dejó
de hacerlo casi por completo, o a lo más una vez al mes y sólo para invitarnos
al
teatro.
Fuimos un par de veces más, pero no quedé contenta. Comprendí que me tenía
lástima
por la manera en que me trataba la abuela, y nada más. Con el tiempo llegué a
sentir
que ya no podía permanecer sentada, ni leer, ni trabajar. Me echaba a reír sin
motivo
aparente. Algunas veces molestaba a la abuela de propósito; otras,
sencillamente
lloraba.
Adelgacé y casi me puse mala. Terminó la temporada de ópera y el inquilino dejó
por
completo de visitarnos. Cuando nos encontrábamos --en la escalera de marras,
por
supuesto-,
me saludaba en silencio y tan gravemente que parecía no querer hablar. Al
llegar
él al portal yo todavía seguía en mitad de la escalera, roja como una cereza,
porque
toda
la sangre se me iba a la cabeza cuando tropezaba con él.
Y
ahora viene el fin. Hace un año justo, en el mes de mayo, el inquilino vino a
vernos y
dijo
a la abuela que ya había terminado de gestionar el asunto que le había traído a
Petersburgo
y que tenía que volver a Moscú por un año. Al oírlo me puse pálida y caí en
la
silla como muerta. La abuela no lo notó, y él, después de anunciar que dejaba
libre el
cuarto,
se despidió y se fue.
¿Qué
iba yo a hacer? Después de pensarlo mucho y de sufrir lo indecible, tomé una
resolución.
Él se iba al día siguiente, y yo decidí acabar con todo esa misma noche
después
de que se acostara la abuela. Así fue. Hice un bulto con los vestidos que tenía
y
la
ropa interior que necesitaba y, con él en la mano, más muerta que viva, subí al
desván
de
nuestro inquilino. Calculo que tardé una hora en subir la escalera. Cuando se
abrió la
puerta,
lanzó un grito al verme. Creyó que era una aparición y corrió a traerme agua
porque
apenas podía tenerme de pie. El corazón me golpeaba con fuerza, me dolía la
cabeza
y me sentía mareada. Cuando me repuse un poco, lo primero que hice fue
sentarme
en la cama con el bulto a mi lado, cubrirme la cara con las manos y romper a
llorar
desconsoladamente. Él, por lo visto, se percató de todo al instante. Estaba de
pie
ante
mí, pálido, y me miraba con ojos tan tristes que se me partió el alma.
-Escuche
-me dijo-, escuche, Nastenka. No puedo hacer nada, soy pobre, no tengo nada
por
ahora, ni siquiera un empleo decente. ¿Cómo viviríamos si me casara con usted?
Hablamos
largo y tendido y yo acabé por perder el recato. Dije que no podía vivir con
la
abuela, que me escaparía de casa, que no aguantaba que se me tuviera sujeta con
un
imperdible,
y que si quería, me iba con él a Moscú, porque sin él no podía vivir. La
vergüenza,
el amor, el orgullo, todo hablaba en mí al mismo tiempo, y a punto estuve de
caer
en la cama presa de convulsiones. ¡Tanto temía que me rechazara!
Él,
después de estar sentado en silencio algunos minutos, se levantó, se acercó a
mí y
me
tomó una mano.
-Escuche,
mi querida Nastenka -empezó con lágrimas en la voz-. Escuche. Le juro que
si
alguna vez estoy en condiciones de casarme, sólo me casaré con usted. Le
aseguro que
sólo
usted puede ahora hacerme feliz. Escuche, voy a Moscú y pasaré allí un año
justo.
Espero
arreglar mis asuntos. Cuando vuelva, si no ha dejado de quererme, le juro que
nos
casaremos.
Ahora no es posible, no puedo, no tengo derecho a hacer promesa alguna.
Repito
que si no es dentro de un año, será de todos modos algún día, por supuesto si
no
ha
preferido usted a otro, porque comprometerla a que me dé su palabra es algo que
ni
puedo
ni me atrevo a hacer.
Eso
me dijo, y al día siguiente se fue. Acordamos no decir palabra de esto a la
abuela.
Así
lo quiso él. Y ahora mi historia está casi tocando a su fin. Ha pasado un año
justo. Él
ha
llegado, lleva aquí tres días enteros y... y...
-¿Y
qué? - grité yo, impaciente por oír el final.
-Y
hasta ahora no se ha presentado -respondió Nastenka sacando fuerzas de flaqueza
-.
No
ha dado señales de vida.
En
ese punto se detuvo, quedó callada un momento, bajó la cabeza y, de pronto,
tapándose
la cara con las manos, empezó a sollozar de manera tal que me laceró el alma.
Yo
ni remotamente esperaba ese desenlace.
-¡Nastenka!
- imploré con voz tímida-. ¡Nastenka, no llore, por amor de Dios! ¿Cómo lo
sabe
usted? Quizá no esté aquí todavía...
-¡Sí
está, sí está! - insistió Nastenka-. Está aquí, lo sé. Esa noche, la víspera de
su
marcha,
fijamos una condición. Cuando nos dijimos todo lo que le he contado a usted y
llegamos
a un acuerdo, vinimos a pasearnos aquí justamente a este muelle. Eran las diez.
Nos
sentamos en este banco. Yo había dejado de llorar y le escuchaba con deleite.
Dijo
que
en cuanto regresara vendría a vernos, y que si yo todavía le quería por marido
se lo
contaríamos
todo a la abuela. Ya ha llegado, lo sé, pero no ha venido.
Y se
echó a llorar de nuevo.
-¡Dios
mío! ¿Pero no hay manera de ayudarla? - grité, saltando del banco con verdadera
desesperación-.
Diga, Nastenka, ¿no podría ir yo a verle?
-¿Cree
usted que podría? -dijo alzando de súbito la cabeza.
-No,
claro que no -afirmé conteniéndome a tiempo-. Pero, mire, escríbale una carta.
-No,
de ninguna manera. Eso no puede ser -contestó ella con voz resuelta, pero
bajando
la
cabeza y sin mirarme.
-¿Cómo
que no puede ser? ¿Cómo que no? - insistí yo aferrándome a mi idea-. Sepa
usted,
Nastenka, que no se trata de una carta cualquiera. Porque hay cartas y cartas.
Hay
que
hacer lo que digo, Nastenka. ¡Confíe en mí, por favor! No es un mal consejo.
Todo
esto
se puede arreglar. Al fin y al cabo, ha dado usted ya el primer paso, con que
ahora...
-No
puede ser, no. Parecería que quiero comprometerle.
-¡Ah,
mi buena Nastenka! - la interrumpí sin ocultar una sonrisa-. Le digo a usted
que
no.
Usted, después de todo, está en su, derecho, porque él ya le ha hecho una
promesa. Y,
por
lo que colijo, es hombre delicado, se ha portado bien -añadía entusiasmado cada
vez
más
con la lógica de mis argumentos y aseveraciones- ¿Que cómo se ha portado? Se ha
ligado
a usted con una promesa. Dijo que si se casaba sería únicamente con usted. Y a
usted
la dejó en absoluta libertad para rechazarle sin más. En tal situación puede
usted dar
el
primer paso, tiene usted derecho a ello, le lleva usted ventaja, aunque sea
sólo,
digamos,
para devolverle la palabra dada.
-Diga,
¿cómo escribiría usted?
-¿El
qué?
-La
carta esa.
-Pues
diría: «Muy señor mío... »
-¿Es
de todo punto necesario decir «muy señor mío»?
-De
todo punto. Pero, ahora que pienso, quizá no lo sea... Creo que...
-Bueno,
bueno, siga.
-«Muy
señor mío: Perdone que...» Pero no, no hace falta ninguna excusa. El hecho
mismo
lo justifica todo. Diga simplemente: «Le escribo. Perdone mi impaciencia, pero
durante
un año entero he vivido feliz con la esperanza de su regreso. ¿Tengo yo la
culpa
de
no poder soportar ahora un día de duda? Ahora que ha llegado, quizá haya
cambiado
usted
de intención. Si es así, esta carta le dirá que ni me quejo ni le condeno. No
puedo
condenarle
por no haber logrado hacerme dueña de su corazón. Así lo habrá querido el
destino.
Es usted un hombre honrado. No se sonría ni se enoje al ver estos renglones
impacientes.
Recuerde que los escribe una pobre muchacha, que está sola en el mundo,
que
no tiene quien la instruya y aconseje y que nunca ha sabido sujetar su corazón.
Perdone
si la duda ha hallado cobijo en mi alma, siquiera sólo un momento. Usted no
sería
capaz de ofender, ni siquiera con el pensamiento, a ésta que tanto le ha
querido y le
quiere.»
-¡Sí,
sí! ¡Eso mismo es lo que se me ha ocurrido! -exclamó Nastenka con ojos
radiantes
de
gozo-. Ha despejado usted mis dudas. Es usted un enviado de Dios. ¡Se lo
agradezco
tanto!
-¿Por
qué? ¿Porque soy un enviado de Dios? -pregunté, mirando con arrebato su rostro
alegre.
-Sí,
por eso al menos.
-¡Ay,
Nastenka! ¡Demos gracias a que algunas personas viven con nosotros! Yo doy
gracias
a usted por haberla encontrado y porque la recordaré el resto de mi vida.
-Bien,
basta. Ahora escuche. En la ocasión de que le hablo acordamos que, no bien
llegara,
me mandaría recado con una carta que depositaría en cierto lugar, en casa de
unos
conocidos míos, gente buena y sencilla, que no sabe nada del asunto. Y que si
no le
era
posible escribirme, porque en una carta no se puede decir todo, que vendría
aquí el
mismo
día de su llegada, a este lugar en que nos dimos cita, a las diez en punto. Sé
que ha
llegado
ya, y hoy, al cabo de tres días, ni ha habido carta ni ha venido. Por la mañana
no
puedo
separarme de la abuela. Entregue usted mismo la carta mañana a esa buena gente
que
le digo. Ellos se la remitirán. Y si hay contestación, usted mismo puede
traérmela a
las
diez de la noche.
-¡Pero
la carta, la carta! Lo primero es escribir la carta. De ese modo, quizá para
pasado
mañana
esté todo resuelto.
-La
carta... -respondió Nastenka turbándose un poco-, la carta... pues...
No
acabó la frase. Primero volvió la cara, que se tiñó de rosa, y de repente sentí
en mi
mano
la carta, escrita por lo visto hacía tiempo, toda preparada y sellada. ¡Qué
recuerdo
tan
familiar, tan simpático y gracioso ha retenido de ello!
-R,o-Ro-s,i-si-n,a-na
-empecé yo.
-¡Rosina!
-entonamos los dos, yo casi abrazándola de alborozo, ella ruborizándose aún
más
y riendo a través de sus lágrimas que, como perlas, temblaban en sus negras
pestañas.
-Bueno,
basta. Ahora, adiós -dijo con precipitación-. Aquí está la carta y éstas son
las
señas
a que hay que llevarla. Adiós, hasta la vista, hasta mañana.
Me
apretó con fuerza las dos manos, me hizo un saludo con la cabeza y entró
disparada
en
su callejuela. Yo permanecí algún tiempo donde estaba, siguiéndola con los
ojos.
«Hasta
mañana, hasta mañana», palabras que se me quedaron clavadas en la memoria
cuando
se perdió de vista.

No hay comentarios:
Publicar un comentario